jueves, 28 de septiembre de 2017

CAMINO PRIMITIVO. 11ª Etapa Ponte Ferreira-Ribadiso. Ya de «solanas» por el Camino….

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Estaba claro que la tensión y fatiga de las etapas pasan factura, y como cada uno es como es, lo mejor es poner tierra de por medio afrontando las etapas en una cierta soledad que el caso del Camino Primitivo no es difícil de conseguir, y máxime si tenemos en cuenta que atrás habían quedado algunos compañeros de la peregrinatio, aunque vimos salir en taxi algunos de los famosos ex mineros a la altura de Castro Romano, carcomidos por las fatigas, las prisas y los tiempos que marca la cotidianidad de cada uno.

La etapa no parece presentar muchos problemas, más allá de que será afrontar una tanda de 34 kilómetros con un total de 700 metros de desnivel acumulado, aunque en un principio la idea era como repartir estos últimos tramos más o menos desiguales, pero al quedar tan cerca Melide de mi punto de partida, el plan pasó a ser que Melide, sería el punto de la comida, no es que me hiciera mucha ilusión comer solo, pero Melide es todo un punto de referencia.

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No sé si lo ya lo he dicho pero el cambio de dirección de la famosa «vieira» en Asturias mira a un lado, y en Galicia hacia otro, tal vez venga a decirnos también como cada Comunidad entiende el Camino, para Asturias, tiene sentido porque no deja de ser la cuna de las peregrinaciones, y para Compostela, es de ese modo su nueva «vía láctea».

Por otro lado, cuando uno camina u observar a los otros caminantes en sus conservaciones, se dejar notar una paradójica la mitificación del Camino, del peregrinar, de las marcas, y con poner en boca los famosos cronicones de la época dígase el Códice Calixtinus u otros, pues ya está todo solucionado, pero ello deja al descubierto que, pese al trabajo de los estudiosos y los historiadores, su mensaje, su trabajo no llega a la peregrinatio.

Sigo en mi tranquilo caminar por la parroquia de Ferrerira, insertada en la Comarca del Ulloa, para entrar en la mítica Palas de Rey, donde tomo un reconfortante desayuno a manera de hacer tiempo y llegar a Melide a buena hora, para momentos después de un tramo dejar las tierras lucenses, lo cual sucede en el núcleo de Merlán con otro mítico jalón de la llamada Vereda de los San Salvadores, pues ese título ostenta su románica iglesia a cuyo pie los parroquianos ha dejado un santo y seña a su párroco D. Pedro Taboada Garer.

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As Seixas, se encuentra cerrado y no tengo manera de sellar mi credencial, no me como mucho más la cabeza con este tema y sigo camino adelante el cual esta jalonado por los largos y densos pinares gallegos, a cuya vecindad se adosan pequeños núcleos Vilamor de Arriba y su correspondiente de Abaxo, o Irago por cuyos tránsitos nos cruzan diferentes riegas como Lagares, o el río Mera, y me viene al recuerdo la gran fuente con su Santiago reposando, en el fontanal, mientras un moderno cartel, nos dice que no es agua sanitaria.

Es algo que personalmente me importa poco, pues bebo de todas las aguas y a estas alturas de la vida, supongo que ya tendré una alta densidad de bacterias capaces de transformar cualquier infecto caudal que llegue a sus predios. Llevo tiempo por los Caminos y nunca en ellos he tenido un problema digestivo o intestinal, sin embargo, sí que esas u otras bacterias se revuelven en cuanto algún alimento no está en buenas condiciones.

Según voy caminando voy recogiendo también muestras de la etnografía de la zona: hórreos, ruedas y puertas y ventanas, o lavaderos me sirven para mostrar destellos de la vida cotidiana gallega, como el monumento que se le dedica a «Curuxás» republicano y sindicalista (1905-1967) en Toques que fue su villa natal. Resultan extraño encontrarse con este tipo de manifestaciones de orgullo republicano, y a la memoria me viene el personaje de Leiras Pulpeiro, en Mondoñedo o el que hicimos no hace muchos años cuando recorríamos la España norteña por los cementerios dejando nuestro ramillete de reivindicaciones de la Memoria Histórica.

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Andando, pasiño a pasiño, llego a otro emplazamiento cerca de Melide, donde se nos ofrece agua en medio de un escenario modernista de saxofones, zocos y modernistas razas perrunas, y a cuyo pie también llegan unos jóvenes, dos mozas y un varón que refunfuña por lo largo del camino, aunque a tiro de piedra tenemos Melide, que cuando llego está plagada de grupos de excursionistas y peregrinos educativos.

De Melide la guía Consumer nos dice: Capital del Concello del mismo nombre, formado por 26 parroquias y situado en el centro geográfico de Galicia, en la vertiente occidental de la sierra de Careón. De origen prerromano, parece ser que fue repoblado por orden del arzobispo Xelmírez. De la iglesia románica de San Pedro, trasladada hoy al Campo de San Roque y conocida como capilla de San Roque, no se conserva más que la portada. Aquí también se encuentra el cruceiro del siglo XIV que está considerado como el más antiguo de Galicia. Por el lugar donde los peregrinos de la ruta primitiva hacían su entrada se alzó el Monasterio-Hospital de Sancti Spiritus, que ahora acoge el Museo Terra de Melide, un lugar, como reza la página institucional, construido por el pueblo y para el pueblo. El pulpo, cocido y con aceite de oliva, sal y pimentón es la mejor carta de presentación de Melide. También destaca la repostería tradicional, con dulces como el conocido "rico" y los melindres. 

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Está claro que como afluente hemos desembocado en el rio madre o padre que es Melide, y por tanto en uno de los puntos álgidos de los Caminos, pues aquí confluyen el Camino Francés y el Primitivo, lo cual explica en este caso la riada de estudiantes peregrinos que me encontré en la llegada a la villa.

Llegaba a buena hora para dar cuenta del mítico pulpo, y la duda era sí el Garnacha o Ezequiel, como iba solo, y el primero se me antoja más restaurante, al final opté por visitar a mi paisano de Pola de Lena (Ezequiel) y allí me dispuse ante una buena ración y media de pulpo, una buena botella de ribeiro, una de pimientos de padrón, y lo que fuera cayendo
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De Maki, no sabía nada, o sea que me dispuse a comer en mi propia compañía y gozando de ello y del entorno, pues estos locales son buenos lugares para el estudio de paisanaje que compone tanto el Camino como estas interesantes villas gallegas.

Como digo, tanto la villa como el Ezequiel, estaban llenos de grupos escolares, con sus barahúndas de niños/niñas y sus acompañantes, o sea padres y profes, que también estaban de banquete en el Ezequiel, y donde al calor del vino hice larga la sobremesa, con café y chupito de orujo de hierbas, sin saber exactamente cual sería el destino final de la etapa. Lo importante disfrutar del momento.

Tras la cuchipanda, a parte de ella invité a mis vecinas peregrinas, francesas, pero el pulpo no parecía estar dentro de su catálogo de sabores ideales, por tanto, la ración y media de pulpo se me hizo larga.

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Tras la culminación, a la calle para darme un baño de humanidad peregrina a la vez que continuaba mi peregrinatio sin destino fijo, el tránsito por el Camino me iría dando las pautas, pues no soy de los que lleva todo prefijado, de ahí que en mi mochila siempre tenga algo de despensa: chorizo, salchichón y queso, que nunca ha de faltar, más el saco de dormir y la funda de vivac.

Los nuevo compañeros de Camino, son jóvenes en general, muy atentos y un tanto intrigados por un solitario peregrino como es mi caso, los cuales me acompañan hasta en Ponte de Penas, donde nos arreglamos para sacar agua de los manantiales, pues la mayoría de la fuentes están cerradas al uso, con la excusa de que no son aguas con registro sanitario, aunque un poco más adelante encontramos un buen lavadero en el que aprovechamos para refrescarnos y hacernos unas fotos grupales.

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Su destino es Boente, donde tienen reserva de albergue, y en esa zona dada la frecuencia de peregrinos y de grupos de este tamaño, está todo lleno, por tanto seguí mi camino hacia Fraga para entrar en la parroquia de A Castaneda, y kilómetros más adelante ya en el Concejo de Arzúa, donde supongo que estará Maki, opto por quedarme en un albergue que siempre me gustó, y que en esta ocasión tenía plazas libres como es el de Ribadiso, al par del río Iso, donde chapuceé todo lo que pude para quitar el polvo y el cansancio del camino.

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Dos voluntarios peregrinos, de avanzada edad me ayudaron en las tareas de instalación, y tras ello al río con la sorpresa de encontrarme con el amigo «Guanajuato» aunque el encuentro sería breve, ya que é se iba para Arzúa, y estaba en una parada técnica de remojo y limpieza.

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Víctor Guerra

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