jueves, 19 de octubre de 2017

El posmoderno Camino de Rufín

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En la pléyade de lecturas que voy haciendo sobre el Camino de Santiago, se cruzó entre mis lecturas y un poco a modo de casualidad, hablando con mi compañero biker Fuentes Cernuda, que había acabado de leer el «El Camino Inmortal» del escritor, diplomático y médico  francés: Jean-Christophe Rufin (Bourges, 1952)

A los dos días, ya Fuentes Cernuda me hizo llegar el libro, para abastecer mis conocimientos, y una posible reseña para el blog.

La verdad es que no había leído antes nada de este prestigioso autor, de reconocidos méritos literarios, políticos y de voluntariado, de los cuales era un perfecto desconocedor.

Razón de más para enfrascarme en la lectura de su Camino Inmortal, cuyo título digamos que no era para mí como muy atrayente, aun así me zampé el libro en menos de tres días, aunque debo reconocer que hubo párrafos, que, como los peregrinos tramposos, me los salté.

Rufin en su libro hace un truco malabar de novelista a lo terrible enfant, o sea entrar de lleno en una serie de asertos y opiniones muy provocativas, que hace revolverse a cualquier lector, haya o no haya sido peregrino o caminero de las trazas jacobitas.

Pero tras este primer susto, las aguas van volviendo a su manso redil que fluye mirándose el autor bastante los pies, como así mismo, lo cual no deja de ser perfectamente compatible y pensable dentro de su brillante currículo social y político.

Tal vez la crítica al libro sea algo más prosaica, y esta provenga de la explicación que el mismo autor nos aporta « Unos amigos del premio Goncourt 2001, que ganó por Rojo Brasil, crearon una pequeña editorial y él accedió a echar mano de sus recuerdos para ayudarles..» y de esa proposición salieron estas curiosas reflexiones posmodernas, y muy a la europea y que tanto me recuerda a otro autor pagado de sí mismo como como es Hape Kerkeling con su libro «Bueno me largo».

Tras las primeras provocaciones proponiendo un camino extraño a algunos ojos y más cercano a ojos más críticos. Rufín no nos habla del Camino, sino más de sus peregrinas reflexiones que son otra cosa, dado que en su órbita literaria y peregrina, los otros peregrinos o caminantes o no existen o se tornan en sombras desdibujadas, salvo la figura de la moldava Marika, que en el relato cobra fuerza y vigor y se ofrece como un punto focal de atracción para Rufin.

Lo demás es pura tramoya, y escenografía para sus reflexiones de un posmoderno mohicano parisino en la rural piel de todo que cruza los distintos Caminos Jacobeos, como es España.

Para el autor de los 800 kilómetros andados, con exquisita aquiescencia de diplomático, se queja de olores, como si no hubiera estado en tierras extrañas de fuertes y contrastados olores como Senegal o Etiopía o Gambia, o tal estuvo, pero como aquellos románticos viajeros de las épocas victorianas, con pañuelo de encaje lleno de perfume emboscado en la empolvada nariz.

Sino no se entiende muy bien sus reseñas críticas a los olores de los albergues y a los olores de las botas. Cuando es una cosa curiosa, eso que fue todo un detonante durante el tiempo de milicia en los años 70 allá en tierras levantinas, no es algo que yo haya tenido en cuenta en los diversos caminos, caminerías y albergues en los que he pernoctado. Tal vez porque uno no tiene el olfato tan fino, o porque al estar el calzado fuera de las habitaciones, hace que ese caldeo oloroso no esté presente, amén de que el calzado y sus aditamentos, bien es cierto que poco tiene que ver con los de otros tiempos.

En fin, nuestro prolífico autor nos aporta reflexión tras reflexión, pero si uno se acerca al libro esperando una especie de guía trashumante novelada, tan al uso, pues decir que no, que se hace sus 800 kilómetros en cuatro saltos: País Vasco, Cantabria, a la cual pone de chupa dómine, a este sí que el presidente de Cantabria. Sr. tiene que invitarle a conocer Cantabria, dados los daguerrotipos literarios que hace de la región

En esas raras pinceladas fotográficas salen Asturias, y como no Oviedo, Valdediós, Grao, Salas y Grandas..., y luego ya de un plumazo esboza las tierras fronterizas de Fonsagrada para pasar a Lugo, de ahí a Lavacolla y del Monte do Gozo a Santiago.

Pero no solo hace grandes saltos, sino que confunde cosas y ubicaciones, como Colombras, que sitúa antes de San Vicente de la Barquera, cuando se está refiriendo a Colombres, que no es Cantabria sino perteneciente a la región asturiana, y por tanto hay toda una etapa que los separa.

El resto es como si no hubiera existido, aunque s muy posible que para un personaje tan cosmopolita como él, Llanes, o Ribadesella o Villaviciosa, no tengan entidad particular alguna, y tengan que ser soslayadas…

Algunas singulares ubicaciones cobran sentido, no per se, sino porque se da en ellas algo que suscita la mente del autor, como el bar en el que se reencuentra de nuevo con la moldava Marika, que no es otro que el de la Venta del Acebo.

O suscitarnos la imagen un tanto posmoderna de la España de luto y moño, que para él representa Herminia, cuando le habla de la variante de Los Hospitales, que no parece significar nada, ni por altitud, ni por cambio de clima y ambiente, y si tenemos en cuenta que le endosa a la propia Herminia, el haber escrito los carteles de que identifican los antiguos hospitales de Fonfaraon y demás, pues como dice el otro: apaga y vámonos.

Está claro que el Camino o los Caminos jacobitas, no han pasado por Rufín, sino este como de puntillas por esos 800 kilómetros, sobre los cuales entendería una mirada crítica y severa como lo hace en las primeras hojas del libro, pero esa apuesta es difícil de mantener de forma coherente, y precisa de libro de notas, de lo cual queda claro que el autor pasa.

Eso si me han gustado varias cosas del libro sus primeras provocaciones, un tanto extremistas, el tema del Camino, como una visión búdica, lo cual nos viene bien a aquellos que estamos en danza en los caminos jacobeos, y luego me ha gustado la metáfora del «peso es el miedo» que bien refleja el contenido de nuestras mochilas que cargamos con nuestros miedos…, al frio, al calor, a olor, a incomunicarnos… etc, y así nos vamos cargando de cosas para ayudar a afrontar esos miedos a los cuales hace frente las oficinas de Correos con el embarque y refacturación  de lo cual como buenos budistas vamos sabiendo renunciar.
.5921447-jean-christophe-rufin-l-academicien-randonneurEn fin, un libro para entretener unas horas de manos de este notorio personaje francés Jean-Christophe Rufin

Víctor Guerra

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