lunes, 13 de agosto de 2018

El Peregrino sin Nombre, de Oscar Carrera

Dios sin mombre

Me encontré con el libro de Óscar Carrera Sánchez (Jerez de la Frontera 1992), así de sopetón: El Dios sin nombre. Símbolos y leyendas del Camino de Santiago.

El conocimiento vino a través de una escueta reseña libresca relativa a la peregrinatio jacobipeta, y como sucede en estos casos el descubrimiento me embarcó en un texto lleno guiños y juegos malabares sobre diversas míticas. Elucubraciones soterradas bajo los veneros de la vieja escuela hermética, hoy sepultada por las redes sociales cuya gramola nos inunda de imágenes y cursiladas sobre el Camino o los Caminos, y los jacobipetas como un intenso fenómeno del siglo XXI, exento de todas estos viejos veneros.

Con él en las manos y reubicado en el sillón poäng devoro en una tríada estival de agosto al refugio de los calores saharianos, y leo y releo los textos armado de lápiz y libracos de referencia, por aquello de las referencias y los contrastes que son muchos, pues sobre esta época se miente más que se habla.

Este joven jerezano me depara con su libro, el único que he leído de él, un denso trabajo de reflexión, no tanto sobre símbolos en cuya temática hay que decir que es más bien escueto, al menos bajo mi gusto y manera, aunque se extiende largo y tendido sobre leyendas y míticas y mitologías, dioses, santos, guerreros y ascetas, todos ellos de extraña y diversa naturaleza y condición.

Me recordó la lectura apasionada y apasionante a los viejos tomos que todavía ruedan por casa, del Gargoris Habidis, de Sanchez Dragó, publicados a últimos de la década de los años 70, de cuando con ellos buscábamos el místico y esotérico santo grial.

Como siempre, no deja de ser atrayente la capacidad de traer a colación a santos de capa y espada como Santiago, o herejes iconoclastas como Prisciliano, a los cuales, ficticios o verdaderos embarca en su propia salsa y aventura para hacernos zozobrar en viejas míticas, verdaderas o supuestas, las falsificaciones y los bulos cronificados a cerca del Señor Santiago don moneda corriente, y Oscar no se queda atrás y nos embarca en una simbiosis de míticas y fábulas con pinceladas al estilo del primerizo García Atienza o del Dragó de los 70.

Tener entre las manos: El Dios sin nombre, es sentarse ante un libro de difícil lectura, aunque no por ello menos atrayente, a la vez que sugestivo, y a buen seguro que quien emprenda su lectura no quedará inmune, eso sí casi que adelantaría que a los jacobitas y romeros santiaguistas no les dejará contentos.

Aunque me ha gustado esa vuelta a los años 80, a esos tiempos en la que no había peregrinos por los andurriales castellano-galaicos, como mucho, unos jóvenes hipees que andábamos con los tomos el Gargoris y Habidis a cuestas buscando el Santo Grial y el mantra amoroso por trazados aún sin pintar y al margen de la caminería y mítica canónica santiaguera.

Todo aquello era más bien era un pulular por los desconocidos caminos de la Tebaida Berciana, territorios llenos de referencias y sones priscilianistas, con sus curiosos ascetas, y desiertos místicos, que en cierto modo eran para nosotros a su modo y manera una parusía, que parecíamos vivir esta singular y peculiar beat generation española de la década del 70-80 bastante quemados de las praxis políticas setenteañeras.

Por eso ha sido todo un descubrimiento volver al Gargoris y Habidis en versión moderna, aunque cimentado en los arcaicos veneros por los cuales circulan las más variadas mitologías y leyendas, cargadas de traslaciones apócrifas y personales que nos llevan a mundos extraños, pero tan sugerentes, los cuales surgen y resurgen, aquí y allá para deleite de la lectura y la compresión de una intrahistoria poco y mal contada y que traviesa toda la mítica jacobea y su peregrinatio.

Hombres Verdes

No se imaginen un libro de experiencias camineras, o el corte y pega tan al uso de leyendas y míticas para ganar adeptos y lectores bajo el sello esotérico, no es nada de todo eso, aunque contenga buena parte de esos ingredientes. Estamos ante un libro exotérico que pone patas arriba todo el cronicón histórico, tan falso como patibulario, porque cada vez que uno indaga y profundiza más en los temas jacobeos de carácter histórico, más le queda a uno la sensación de que nos engañan como a chinos, ni los Calixtinus, ni los tumbos ni las Concordias, parecen ser lo que son, como dice la historiadora Ofelia Rey Castelao, «la historia compostelana es en buena medida, un curso de escritura creativa que tiene su musa en la falta de pruebas fiables».

Toda la tradición de la Voie Compsotelae, no deja de ser un maremágnum histórico en el cual no nos explican la historia, sino trozos de ella y lo más interesados, lo cual no nos ayuda a comprender casi nada, por ejemplo que Asturias como tal reino, tuvo problemas de gestión territorial en la llamada Gallaecia, porque se había repoblado dichos territorios con cristianos andaluces, y tal cosa o se vio con buenos ojos por los viejos cristiano gallegos y menos por sus nobles de esta situación se dieron problemas políticos importantes, lo mismo pasa con la presencia de los monjes de Cluny en el Camino de Santiago, con ese desembarco y contundencia, está claro que ayudando a dar un giro copernicano a la liquidación del antiguo establishment.

Tal vez no entendamos muy bien cuales fueron los intereses concretos que se ocultan bajo el establecimiento de Cluny en la franja franca castellana, y será cual cruel decir que ello no significó otra cosa que la abolición de un sistema político religioso, el visigodo, que dio paso con la ayuda política y religiosa a la imposición del rito romano, que no era otra cosa que la entronización de una visión política económica y judicial que vino penetró hasta lo más profundo a través de la Camino de Santiago, marginando la creencias tenidas como paganas y heréticas, las cuales se les acusaba a algunas de ellas de colaboracionistas con los invasores sarracenos.

De esto nos habla Oscar Correa, que no se queda en expurgar las distintas tesis de los historiadores, sino que con su aporte de visiones míticas y mitológicas coloca estas reflexiones junto a otros contextos relacionados también como el jacobitismo. Eso sí para terminar más liados que la para un romano, entre tanta teoría y tanta vuelta mística esotérica.

Esa relación de Baco y Dionisos con Santiago, el Líber-Baco ligado al nombre de Libredón. «hablar de Baco en Galicia puede sonar, a primera vista, a extrapolar un culto extranjero, pero la arqueología nos demuestra que, los escasos vestigios que contamos del culto gallego a los dioses del panteón grecolatino, Dionisos, y no otro es «protagonista de la casi la mitad de los retos que nos han llegado. Solo entonces tendría lógica que la gallega Noya se jactaran, tan misteriosamente, de ser el lugar de Noé desembarcó y plantó su infame vid.»

Digamos que el dios del vino parece colocarse por cada rincón de Líber Sancti Jacobi, como también lo hace dejando su huella en la propia catedral compostelana, a modo de adornos, pero ahí están al igual que lo están en la Puerta Santa (XVIII) que muestra generosa los benditos racimos de uvas, o aquella otra bajo la urna de las reliquias del Apóstol, con dos aves bebiendo de un cáliz, rodeadas de hojas de parra, imagen tan rosacrucriana como griálica.

El índice del libro nos indica de mano los temas de calado, tras algunos escarceos por las obra y milagros del apóstol, entra en Prisciliano como la alternativa herética, para darse un garbeo somero por la iconografía más vistosa del jacobitismo: la vieira, la calabaza y el bordón, la pata de oca, el cuadrivio que conforman el caballo, el toro, el perro y el espino, luego vendrá un referente final: la mar y la roca.

Pero Oscar Carrera se adentra en los periplos de los que vinieron de lejos, o el Campus Stellae, o aventurarse en esos Dioses con raíces, o la historia espiritual de iría Flavia

Tal y como dice el propio autor, «para comprender mejor estos relatos de transmutación espiritual, es hora de preguntarse si el método para obtener la piedra filosofal pudieron haberlo llamado Camino de Santiago, de suerte de hacer el Camino de Santiago, se tradujera por haber logrado la metamorfosis. El mercurio filosofal se correspondería con Mercurio deidad de los viajeros, la vía seca se ilustraría mediante la peregrinación terrestre, la vía acuosa por la vía marítima y pisar el Obradoiro representaría la consumación de la Obra-de -ouro, dar alcance al sol en su puesta.»

Un libro que les invito a leer y que saquen sus propias conclusiones, de lo cual espero sus opiniones.

Victor Guerra